El Museo de La Plata
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Trabajar en la Antártida: los días en el continente blanco
Mucha gente que trabaja en el Museo de La Plata también lo hace en el continente antártico. En esta ocasión, te contamos dos testimonios y experiencias que describen cómo es vivir casi todos los días con temperaturas heladas.

Cada año, decenas de científicos y técnicos del Museo de La Plata parten hacia el territorio antártico argentino para desarrollar trabajos de campo e investigaciones muy importantes.

Expertos en paleontología, ficología y micología comienzan a prepararse para las llamadas “campañas antárticas”, que pueden durar días o incluso meses y se desarrollan durante distintas épocas del año en uno de los climas más hostiles de la tierra.

Serán períodos largos de trabajo y convivencia necesaria con militares, personal de apoyo y algunas familias, llevando adelante su trabajo científico en condiciones casi extremas.

En la Antártida las temperaturas se miden bajo cero gran parte del año, y el verano no es precisamente una época cálida y acogedora. Si bien en algunos puntos específicos del continente, como en las bases situadas en la península e islas más alejadas del polo, el termómetro puede llegar a subir, rara vez lo hace sobre 0 grados centígrados.

La Doctora Eugenia Sar, ficóloga del Museo de La Plata, participó 7 veces de las campañas científicas de recolección de datos, casi siempre embarcada, en distintos buques que alcanzaron el mar de Wedell. Si bien su principal actividad se desarrollaba a bordo del rompehielos Almirante Irízar, pudo experimentar la vida en tierra firme en varias ocasiones.

Entre mediados de los años 80 y 1995, época en la que Sar estuvo en la Antártida, “éramos pocas mujeres, por lo general. Cuando estuve en la Base Marambio, fui la única entre 99 hombres y, como no pude hacer trabajo científico por razones logísticas, me puse a organizar la biblioteca del lugar durante un mes”, señala la especialista.

En el continente blanco -al igual que en todo barco que no sea crucero turístico-, nadie está de vacaciones. Es fundamental que las tareas se repartan entre todos de forma equilibrada para que la convivencia en un lugar climáticamente hostil y en espacios reducidos, sea la mejor posible. “La vida en un buque es como si estuvieras un mes sin salir de la cuadra de tu casa”, describe.

Cuando estás en la Antártida, “tenés que hacer de todo, salvo las tareas logísticas vinculadas al funcionamiento infraestructural de las que siempre hay alguien encargado. A mí me tocaba lavar los platos y, cuando estuvimos en un refugio lejos de las bases, también teníamos que cocinar para todos una vez cada 5 días y salíamos a buscar “gruñones” (hielo compacto y transparente que no contiene agua de mar) para derretir y tener agua consumible”, explica Sar.

Por las características del lugar y las personas, la convivencia pronto se transforma en camaradería. Las dietas son muy calóricas; “los hombres que cumplen tareas en el exterior de la base consumen 5000 calorías diarias”, señala la investigadora del Museo, y el alimento fresco, como frutas y verduras, es lo primero que comienza a escasear a medida que pasa el tiempo.

Como en todo espacio cerrado “la cotidianidad se ve afectada” y todo acto privado, salvo escasas excepciones, se convierte en público.

Las oportunidades para el esparcimiento son pocas: “en una ocasión” –continúa Sar-, “los militares de la base chilena cerca de Marambio nos invitaron a recorrer las instalaciones mientras estábamos trabajando en el campo. Una vez allí nos ofrecieron un almuerzo especial y justo el mismo día un crucero turístico ancló frente a las instalaciones. El capitán nos ofreció subir a la nave y recorrerla, compramos cosas en las tiendas de abordo y volvimos a comer. Fue un evento curioso que nos devolvió temporalmente al continente y a la civilización”

Otro de los asiduos visitantes de la Antártida es Juan José Moly, técnico especialista de la División de Paleontología Vertebrados, quien acumula una veintena de visitas al continente menos habitable del globo.

“Mi primer campaña fue en 1987 y fuimos a la Isla Ross. Estuvimos encerrados en un refugio una semana por el mal tiempo”, cuenta Moly. Aún así, es tal el esfuerzo físico que deben realizar durante las temporadas en la Antártida que el peso corporal baja considerablemente.

“Antes de cada campaña me entreno en un gimnasio para poder afrontar en mejor forma la intensidad de trabajo físico que te insume la actividad paleontológica a la interperie”, dice Moly. "Cuando estás allá cambia todo, la convivencia es totalmente distinta, especialmente en los refugios o los campamentos. El entorno y el rigor climático a la larga muestra la verdadera personalidad de cada uno ante la presión y los factores externos que te pueden condicionar”.

“Cada caminata hasta el lugar donde están los fósiles es un riesgo, y a veces no se puede trabajar porque la temperatura es tan baja que las rocas se congelan en el suelo y es imposible sacarlas”.  Afuera el termómetro puede marcar -18 grados, lo mismo que adentro de un freezer”.

Además, “tenés que tener mucho cuidado con las grietas en los hielos y el riesgo a desorientarse siempre es grande. Durante las tormentas el paisaje puede cambiar totalmente y no saber en qué lugar estás”, señala Moly.

 
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